Sergio Saíz se hizo viejo en la longevidad de una mujer

Por: Yemmi Valdés / Actualidad,Opinión/ 7 enero, 2021

Entre esos jóvenes eternos de la Historia de la nación a los que debe seguir la nueva generación de cubanos, figuran los hermanos Saíz, murieron juntos por la defensa de un ideal, pero nacieron en momentos diferentes.


Justo el 8 de enero de 1940 San Juan y Martínez, fue el lugar para el alumbramiento donde el pequeño Sergio nació de Esther. A propósito de la fecha, esta cronista recuerda el día que conoció a la  madre de los Saíz.

Fue una tarde de 2012 y aquella mujer, centenaria ya, hablaba de sus hijos con la certeza y la tranquilidad de saberlos vivos.

Un grupo de estudiantes que cursábamos el primer año de diferentes carreras en la Universidad de Pinar del Río, llegamos a la casa museo de los muchachos que inspiraron el nombre de la casa de altos estudios vueltabajera, como parte de una tradición del centro académico.

Muchas referencias  teníamos ya; hasta ese entonces Sergio Saíz Montes de Oca  era para todos nosotros: un joven revolucionario cubano, hermano de Luis, miembro del Movimiento 26 de Julio, del Directorio Estudiantil Revolucionario y de la Asociación de Alumnos en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río, participante en acciones de agitación y sabotaje contra la tiranía de Fulgencio Batista. También que era buen escritor y que definió de manera auténtica lo que un estudiante debiera ser.

Hasta ese día, los hermanos eran para mí dos jóvenes de bella apariencia que miraba con agrado en las fotos suyas que abundaban en la escuela, atractivos y encima valerosos, me decía. Pero conocí a la madre y los conocí a ellos con una sensación de vitalidad que nunca se olvida.

Allí estaba Esther para contarnos que sus muchachos eran bailarines de altura, para reír y generar la empatía con cada anécdota, con cada recuento de las travesuras de sus hijos, de los cariños, de las maldades, de los amores, de las nostalgias.

Y así de feliz nos compartió que sus chiquillos eran galanes del pueblo San Juan, que no se perdían una fiesta de 15 años donde eran llamados a acompañar a la homenajeada en su presentación a sociedad. Una de esas muchachas, madura ya, era la guía del museo y tuvo también muchas historias que contar.

Con el entusiasmo de quién revela tesoros, mostraban objetos, habitaciones, fotos, vivencias. Y parecía que el tiempo no había pasado desde el 13 de agosto de 1957 cuando Sergio y Luis murieron asesinados tras el intento de celebrar el cumpleaños Fidel.

Aquella señora tierna rememoró el suceso y lo hizo enérgica: – “Sabía a lo que iban, cuando sentí el primer disparo y luego el otro muy cerca de aquí, entendí que podían ser mis hijos porque ellos caerían juntos o no lo harían”-  volvió a cambiar el semblante y pareció tierna otra vez.

¿Cómo es posible que una madre se mantenga ecuánime al hablar de la muerte de sus hijos? ¿Cómo es posible que haya vivido más de 100 años sobreviviendo a las ausencias? ¿Cómo se puede contar las mismas historias a jóvenes estudiantes que acuden a la casa año tras año desde la inauguración de la universidad? ¿Cómo ese carisma y esa complicidad tan intactos?

Y descubrí de las madres un nuevo poder, un don inédito: ¿quién dice que no pueden ellas otorgar vida por segunda vez? Y luego de la muerte alumbrar también. Aquella tarde de septiembre conocí a Sergito y a su hermano Luis en el enésimo alumbramiento de su progenitora.

En el imaginario ya no es solo el joven que escribe como consagrado a los 17 años: ni el estudiante sagaz del Instituto de Pinar del Río, el que dominaba la lengua inglesa con elegancia, y mereció el Premio Nacional José de la Luz y Caballero (1951), otorgado por el Colegio Nacional de Profesores de Inglés, o el que escribió a la bandera cubana como un novio.

Antes sabía que para Sergio: «Ser estudiante no es solo repetir en el examen materias, la mayor parte de las veces aprendidas ligeramente, ni asistir todos los días a clases, […] es llevar en su frente joven las preocupaciones del presente y el futuro del país, es sentirse vejado cuando se veja al más humilde de los campesinos o se apalea a un ciudadano. Es sentir muy dentro un latir de Patria, es cargar bien pronto con las responsabilidades de un futuro más justo y más digno».

Sabía que había creado junto a sus compañeros una escuela popular nocturna donde se impartían fundamentos de Moral y Cívica, Derecho Constitucional y Economía Política, que visitó los Estados Unidos en varias ocasiones, que insistió en la erradicación de los fraudes, la venta de notas y el amiguismo con el profesor como medio para obtener buenas calificaciones.

Sabía que  dirigió huelgas estudiantiles, que protestó contra el asesinato de Frank País, y que había hecho todo con tan pocos años, con una madurez inexplicable y una voluntad que inspira.

Ya sabía lo suficiente para admirarle inducida por la universidad, pero hubo una tarde en la que supe el porqué de las cosas, disfruté de una infancia ajena y por unas horas viví en un hogar de extraordinaria armonía; donde unos  niños se hicieron grandes y también se hicieron viejos en la longevidad de la señora Esther.

Antes de salir de la casa Sergio y su hermano le dijeron a su mamá: «No temas, algún día te sentirás orgullosa de nosotros«. Cinco minutos más tarde fueron ¿asesinados?