Y las que no tienen audífonos, ¿qué hacen?

Por: Claudia Braña / Opinión/ 30 octubre, 2018

Cuando llegué, la guagua ya no estaba allí. Por eso el viernes pasado tuve que recurrir al transporte particular, hice mi viaje de regreso en una camioneta de esas que suplieron las antiguas máquinas de Artemisa a Alquízar y viceversa.


Como es habitual llevaba puestos mis audífonos, esta vez, como todo transcurría de manera normal, los usaba según su razón de ser: para escuchar música. Aproveché que la camioneta estaba medio vacía y me senté pegada a la ventanilla, no para ver el paisaje que me sé de memoria, sino para tomar fresco y claro, para no sentirme incómoda. Como 5 minutos después suben dos muchachas, estudiantes de Ciencias Médicas, pero como ya todos los asientos de ventanilla estaban ocupados una se sienta a mi lado y la otra, detrás.

 

Todo estaba listo para zarpar y cuando el vehículo arranca se suman tres pasajeros del sexo masculino (no pasaban de 35 años) que sostenían con fuerza y se pasaban con gran orgullo un recipiente que contenía un compuesto químico orgánico con la presencia del grupo hidroxilo (OH). Entonces comencé a cuestionarme hasta qué punto está bien o mal que cosas como esas sucedan, teniendo en cuenta que se trata de un transporte público donde también viajan niños, ancianos .

 

El vehículo hace su parada habitual en la Facultad de Ciencias Médicas, “La Martí” y se despiden del viaje las dos muchachas estudiantes y una señora que iba sentada detrás de mí; lo que significó la gloria para aquellos bebedores que iban de pie y una desgracia para mí. En ese momento mis audífonos comenzaron a asumir el rol que se supone es un valor agregado, pero es el que comúnmente desempeñan, “el anti-groserías”, disminuí el volumen de la música y puse mis 5 sentidos en prever que sus acciones, a partir de entonces, no me implicaran, ni me afectaran.

 

Solo uno de los tres hablaba, los otros únicamente ponían el cuño a cuanta barbaridad su compañero decía. Yo disimulaba muy bien con mis audífonos que estaba ajena a todo aquello.

 

Justo en ese momento expresé “permiso”, se hizo a un lado y me permitió pasar. Era mi cielo, mi gloria, mi paz y mi tranquilidad, era tan solo mi parada.

 

Entonces me cuestiono ¿por qué?, por qué no puedo utilizar mis audífonos para lo que fueron diseñados, por qué no puedo escuchar mi música tranquilamente e incluso tararear alguna canción, por qué no puedo reírme si una letra me recuerde algo,  por qué no puedo mirar a donde quiera, acomodarme en el asiento si lo deseo ¿Por qué no puedo andar en la calle, en la camioneta, pero andar, al fin y al cabo, sin audífonos? Entonces me cuestiono, y las que no tienen audífonos, ¿qué hacen?