Artemisa recuerda y multiplica en su devenir, el legado de Maceo

Por: Yemmi Valdés / Opinión,Titulares/ 7 diciembre, 2020

Antonio Maceo es uno de esos íconos de la Patria cubana, donde recalan los valores más genuinos de decoro y dignidad, de arrojo e inteligencia.


Se dice Maceo y se habla del personaje más representativo del pueblo durante la Guerra del 68 al juicio de Fidel, espíritu y conciencia revolucionaria radicalizada en Baraguá. Surgido de las filas más humildes se convirtió en paradigma para todo el proceso de gestación de la Cuba nueva.

Para algunos es el Titán de extraordinarias capacidades de jefe militar, ese con tanta fuerza en la mente como en el brazo, y para José Martí fue guerrero insomne y columna de la Patria.

A lo largo de su vida Maceo demostró disciplina, carácter, firmeza de principios y amor infinito a su país.

Poco después del alzamiento del 10  octubre de 1868, él y varios de sus hermanos se incorporaron  al Ejército Libertador, y tuvo una participación relevante en la Guerra de los Diez Años donde alcanzó los grados de general y fue nombrado Jefe del Oriente.

Pero fue en Mangos de Baraguá, el 15 de marzo de 1878 donde su figura se elevó junto a la honra de la nación en aquella entrevista con Arsenio Martínez Campos. Se intentaba sumarlo al cese de las hostilidades, y Maceo decidió continuar la lucha, aún tras el peso de10 años de duros combates.

Nada de paz sin independencia; el sentido de la causa, de las tantas batallas. Allí, en la Protesta de Baraguá y con Maceo quedó claro que los principios no se negocian.

Pero siguió creciendo con la preparación de la guerra del 95 junto a Máximo Gómez y Martí. Se agigantó durante la invasión a Occidente como jefe de la columna invasora y la convirtió en hazaña militar; tanto que 4 000 mambises llevaron la guerra a toda la isla contra 250 000 hombres del ejército español.

La impronta de un hombre así no pudo morir el 7 de diciembre de 1896, cuando cayó en combate definitivamente el cuerpo de Maceo junto a su ayudante Panchito Gómez Toro, hijo del Generalísimo.

Hasta los adversarios le consideraron “el más infatigable luchador separatista cubano, el jefe de más acciones libradas, el de mayor palmarés en las campañas mambisas, y discutible o no, el más grande general de todo el Ejército Libertador”.

Por eso tuvo lugar tras la muerte de Maceo, la carga de los 19, ese fue el número de hombres que, desafiando las balas, sin conocer el terreno donde iban a operar, ni el tamaño de las fuerzas que deberían enfrentar, en una carga antológica, marcharon machete en alto al rescate del cuerpo de su general para que no fuera objeto de profanaciones.

«Todos íbamos a vender caras nuestras vidas», confesaría años después el oficial mambí José Miguel Hernández.

A un grupo de españoles que saqueaban cadáveres, los hicieron retroceder hasta una cerca de piedra, desde donde un destacamento de caballería española les protegió la retirada.

Hasta ese momento, solo buscaban el cuerpo del general Antonio Maceo. Allí, junto al Titán, encontraron el cadáver del capitán Francisco Gómez Toro y atravesados en dos cabalgaduras, los cadáveres fueron retirados del potrero y transportados a la finca Lombillo, ya anocheciendo.

Una de tantas veces que nuestra tierra artemiseña entraba en la historia, y justo aquí aconteció la sublime estampa que años después relató Manuel Piedra Marte, uno de los compañeros de lucha del Titán: Bajo un cobertizo formado por algunos horcones y una parte de la techumbre de una caseta en ruinas, en las cercanías de un tanque, yacía el cadáver de Maceo y, junto a este, tendido en igual posición, el de Panchito Gómez. Visto a la amarillenta y vacilante luz de aquel nunca tan triste crepúsculo otoñal, el héroe parecía dormido… El tiempo no había dado aún a su robusto y bien modelado cuerpo la rigidez característica de la muerte, ni alterado las líneas suaves de su rostro.

 Hoy rememoramos la hazaña de San Pedro, pero no quedó Maceo inerte en el monumento del Cacahual, un hombre que inspira así, que se multiplica en millones de cubanos, vive en el valor de una nación que se resiste todavía a la negociación de sus principios.

Aunque parezca que se enfoca su legado como el de un héroe rudo, habremos de reconocerle también una notable cultura, un pensamiento agudo, y un sistema ético moral digno de estudio como queda plasmado en estos fragmentos de su ideario:

….soy el cubano que no tuvo rival en defender, con el brazo y el respeto, la ley de su república.

“… no necesitamos de tal intervención de los Estados Unidos para triunfar en plazo mayor o menor (…) Creo más bien que, en el esfuerzo de los cubanos que trabajan por la independencia patria se encierra el secreto de nuestro definitivo triunfo, que sólo traería aparejada la felicidad del país si se alcanza sin aquella intervención. ¿A qué intervenciones ni injerencias extrañas, que no necesitamos ni convendrían? Cuba está conquistando su independencia con el brazo y el corazón de sus hijos; libre será en plazo breve sin que haya menester otra ayuda.”