Pedro y Manolito, hombres que Cuba no olvida en la historia de su educación

Por: Yemmi Valdés / Actualidad,Opinión/ 26 noviembre, 2020

El asesinato del campesino Pedro Lantigua y el alfabetizador Manuel Ascunce el día 26 de noviembre de 1961 catalizó la causa de la campaña por la emancipación cultural del país en aquellos años iniciales de la Revolución.


¿Quiénes fueron estos hombres y cómo hicieron historia?

A sus 16 años Manuel Ascunce Domenech, llegó a Limones Cantero, intrincado paraje de la sierra del Escambray perteneciente al poblado de Trinidad, en la entonces provincia de Las Villas tras incorporarse a la tarea del momento: enseñar a leer y a escribir a pobres y campesinos que sufrieron los males de la Cuba anterior a 1959. En la casa de Pedro Lantigua Ortega, le abrieron las puertas y además de maestro fue un hijo más.

Ellos, dichosos de la nueva realidad, no esperaban la muerte y mucho menos, convertirse en emblema e inspiración para los miembros de la campaña. Y es que como parte de un plan enemigo para derrumbar la Revolución, manos asesinas se dispusieron a sembrar el terror. Y la Campaña prosiguió en medio del auge de las bandas contrarrevolucionarias en el Escambray, pero algunos inocentes perdieron la vida, entre ellos Manuel Ascunce Domenech y Pedro Lantigua. «Pedro, no dispares, que somos tus compañeros»- le dijeron los contrarrevolucionarios vestidos de verde olivo, que así logran engañarlo y arrebatarle el fusil. Inmediatamente identificaron a Manuel Ascunce como el maestro comunista, y se los llevaron. Los encontraron al otro día, torturados, asesinados vilmente y colgados de un árbol.

Y desde entonces, fue el brigadista adolescente un mártir de la Patria y su alumno Pedro otro valiente más. Toda Cuba se enardeció con el suceso y los toma como ejemplos todavía.

Casi niño murió aquel integrante de las entusiastas brigadas Conrado Benítez, repletas de muchachas y muchachos prestos a aportar lo que podían y hacer la luz de la enseñanza, allí donde llegaran, movidos por el dolor de la ignorancia o por el placer de servir a la Cuba nueva.

La alfabetización masiva había comenzado en abril de ese año, con la participación de miles de personas unidas bajo la misma convicción.

Se dice que Manolito era de carácter serio y disciplinado, al mismo tiempo que  sensible y encantador. Compartía lo suyo con todos, y sus valores movían a quererle y seguirle en sus ansias de aportar a la Revolución.

En carta dirigida a sus padres el 4 de septiembre de 1961, les dice: «Mami, dile a papi que, cuando venga, si puede me traiga un cake helado, pues los campesinos de aquí, nunca lo han comido, y el otro día dijeron que tenían ganas de comer dulces (…)».

Por su parte, Pedro Lantigua era un campesino revolucionario, integrante de las milicias que luchaban contra los bandidos de la época, y junto a su familia daba albergue al joven Manuel, quien lo ayudaba en las faenas del campo impartía clases de día y de noche a la luz del farol, devenido símbolo de la noble gesta.

Tuvo una presencia activa en la operación que se llamó Limpia del Escambray y, dentro de ese proceso, fue combatiente, práctico y administrador en la finca Palmarito en Limones Cantero.

Fueron los alzados Braulio Amador Quesada, Pedro González Sánchez y Julio Emilio Carretero, los autores de la muerte, por medio de torturas y posterior ahorcamiento, del brigadista y su alumno. Todos resultaron capturados posteriormente, en diferentes momentos, y recibieron el peso de la justicia.

Y la mejor manera de honrarlos se concretó el 22 de diciembre, cuando fue proclamado en la entonces Plaza Cívica José Martí, el logro que convertía a Cuba en el primer territorio libre de analfabetismo en América Latina.

Para la posteridad quedó la actitud de Manolito al contestar a los bandidos cuando preguntaron antes del hecho atroz: “¿Y este, quién es?”. Y él, con la frente en alto, aseguró: “¡Yo soy el maestro!”.