“Gotas que llenan la copa”

Por: Claudia Braña / Opinión/ 13 noviembre, 2018

¿Será que las personas leen mis historias de guagua? ¿Será que las entienden? Solo sé que hace unos días en la terminal de ómnibus de Artemisa un señor estaba vendiendo audífonos de disímiles colores y tamaños; entendiendo esa acción desde el punto de vista mercadológico bien pudiera decirse que mis crónicas sirven para lucrar, cuando objetivamente se proponen reflexionar en torno a realdades sociales; pero bueno, me consuela saber que sirven para algo.


Hoy les traigo una miscelánea de pequeños sucesos, para compensar el tiempo que estuve ausente. Resulta que el momento en el que comenzó esta historia no estaba en los pronósticos previstos de “supuestos inicios”, una vez más:

 

–Buenas tardes, ¿último para Güira?

–Soy yo –respondió una señora común y corriente de unos cincuenta y tantos años.

Antes de que me permitiera agradecerle y preguntarle detrás de quién iba, gritó:

–¡Conmigo vienen cinco más!

–Está bien, señora –entré en pánico, no me dio chance a pensar que hoy podría toparme con cosas ¿no normales? – ¿detrás de quién va?

–De ella –señaló– pero conmigo vienen cinco más.

 

Acto seguido llegó una muchacha con el mismo destino y las mismas dos preguntas, yo le contesto la primera rápidamente, y antes de realizarme la segunda, la ya popular señora le dice grotescamente:

 

–Ella va detrás de mí, conmigo vienen cinco más, pero, además, qué les importa a ustedes detrás de quien va una, guíense por quien les dio el último y ya. (Esto por supuesto está reelaborado, jamás me hubiese pensado el texto original).

 

Esa señora definitivamente no está adaptada a que la traten con educación, retroalimenta los buenos modales con groserías y maltratos, y por si fuera poco una de sus más profundas pasiones es provocar la ira de los otros.

 

–Imagínate –se decía a sí misma– yo no tengo la culpa de que aquí no den tiques, si puedo poner cinco delante de mí, aprovecho.

 

Ahí fue cuando pasó por mi mente la posibilidad de que no gozara de la plena utilización de los cinco sentidos, lo argumenté cuando las cinco personas jamás aparecieron.

 

Paralelamente a todo eso, había un joven en cuyo cuerpo (entre audífonos colgados en el cuello, celular, tablet y bocina) no cabía un aparato tecnológico más; él decidía la música que debía escucharse y con pulsar “next” decidía hasta la que no debía escucharse, incluso tarareaba las canciones y un coro lo acompañaba. De repente una señora que iba detrás de mí expresa:

 

–Que me duele la cabeza…

 

Tristemente tenemos que sobrellevar a diario la mala educación, las groserías y el ruido. Pero, la extirpación de este tipo de actividades comienza con la crítica social, y aquí está mi voz. Estas son solo unas gotas, ¿se llenará la copa?