Entre el dolor y la muerte

Por: Equipo ARTV / Artemisa,Titulares/ 7 septiembre, 2021

Irma Pérez siempre ha vivido en la calle República, en Artemisa, pero nunca vio pasar tantas veces en un día el carro fúnebre frente a su casa. “Cada vez que lo veo venir me erizo de pies a cabeza. ¡Qué dolor! ¡Cuántas familias rotas!”, me dice y sus ojos se llenan de unas lágrimas ajenas que cada vez le resultan más cercanas.


No solo quien camina detrás del lento andar de esos autos, es capaz de imaginar cuánto dolor hay en cada paso. Para colmo, algunas veces esos pasos son guiados por la escasa luz de un móvil, porque el enterramiento no puede dilatarse hasta el día siguiente. Por estas fechas, cuando muchos lloran en esquinas de hospitales y hasta en casa, los malestares se multiplican.

En 2019, este semanario reflexionaba sobre la insuficiente capacidad de enterramiento en Artemisa. Solo Caimito, con una población envejecida, había solicitado debidamente los permisos y construido bóvedas de ampliación.

La capacidad provincial había sido solventada a causa del promedio mensual de muertes (450 personas, a 15 por día), que equilibraba nuevos enterramientos y exhumaciones, declara Maura Cinta Jaime, jefa de servicios necrológicos en la dirección provincial de Higiene, Áreas Verdes y Necrología (HIVERNE), conocida como Servicios Comunales.

Desde el año anterior, Mariel, Bauta, Candelaria, Artemisa y San Cristóbal propusieron ampliar su camposanto, señala Oyeimis Martínez Quintana, directora provincial del Instituto de Planificación Física (IPF).

“Guanajay, San Antonio de los Baños y Alquízar están en proceso de desafectación del terreno, con la delegación de la Agricultura; mientras, Bahía Honda y Güira de Melena no han realizado solicitud alguna”, indica Yanet Pazo Camacho, jefa de departamento de Inversiones en el IPF.

No obstante, la vida siempre ha sido más dura cuando la práctica supera la teoría y el burocratismo. Ahora la realidad sacude e impone una ampliación urgente, ante el incremento de fallecidos en todos los municipios.

Según datos de la Oficina Provincial de Estadísticas e Información, julio superó la media provincial, con 535 fallecidos, 114 más que en junio… y los números de agosto no son alentadores, con picos de hasta 97 en una jornada.

Una verdad que lastima

“Con el aumento de casos graves y críticos de COVID-19, así como de personas con secuelas poscovid, tristemente han aumentado también nuestros servicios”, comenta Cinta Jaime.

“Muchas veces tardamos de tres a ocho horas para hacer traslados. La infraestructura nos impide ser más ágiles.”

En Artemisa, “entre julio y agosto, 186 personas fallecieron a causa de COVID-19″, afirma Yanelis Amador Borrego, directora provincial de Salud Pública.

El panorama es peor incluso que lo escuchado cada mañana a las 9:00. José Angel Portal Miranda, ministro de Salud Pública, explicó al periódico Invasor que el parte incluye como muertes por COVID-19 a quienes al momento de morir tenían una prueba de PCR positiva, no a quienes superan el virus y mueren luego por complicaciones derivadas de la enfermedad. Pero esos, al parecer, no son pocos.

Contratiempos moratorios

“Nuestra fábrica de sarcófagos no es capaz de producir lo necesario. Por diversas causas, a veces en un día tenemos entre 70 y 80 fallecidos, y producimos 25. Con esfuerzo llegamos a 30. Hemos necesitado ayuda y aumentamos la plantilla de cuatro a diez tapiceras para poder cumplir”, revela la jefa de servicios necrológicos en la provincia.

Usualmente, los féretros estaban en las funerarias a la espera de un fallecido; hasta hace unos días los fabricaban contra nombre y apellidos de los decesos.

“La carpintería El Recreo, en Artemisa, y otras de San Cristóbal y Bahía Honda, pertenecientes a la Empresa Agroforestal Costa Sur, trabajan para entregar lo necesario ante la creciente demanda. Así hemos logrado abastecer hasta 110 ataúdes por día”, sostiene.

Junto a cuentapropistas y otros artistas del Fondo Cubano de Bienes Culturales, el Grupo Tiempos fue pionero en apoyar la confección de sarcófagos. “Donamos diez, luego 11 y el tercer día 19. Ahora contratamos 200 más”, asegura Dachir Sinclay Quesada, jefe del taller de carpintería.

Según Cinta Jaime, “ese resultaba el mayor problema: la baja capacidad de producción de féretros contra la mortalidad diaria; actualmente son los carros fúnebres los que nos ponen en tensión.

“Muchas veces se unen fallecidos en hospitales y en el hogar. Entonces, tratamos de priorizar a quienes tienen al difunto en casa, debido a la difícil situación si conviven con adultos mayores o pequeños; por eso tardamos más en recoger a quienes perecen en centros sanitarios”.

El día 3 de septiembre, la provincia solo disponía de seis carros para trasladar cadáveres, incluidos quienes mueren en La Habana. De modo que el Grupo Temporal de Trabajo determinó buscar ayuda en ciertas entidades, para hacer los movimientos en carros alternativos.

“No es lo ideal; lo sabemos. Pero es preferible recoger con premura a los difuntos… a dilatar una situación que puede durar horas, en espera del auto fúnebre”, alega Jose Antonio Hernández Hidalgo, miembro del Buró Provincial del Partido, quien desde hace unos días organiza esta tarea.

“La Empresa de Transporte nos auxilia. Aunque sabemos que puede ser incluso traumático, no tenemos otra opción, y algunos familiares lo han comprendido”.

“Asunto aparte son los enterramientos. Se ha especulado que quien entierre a una persona diagnosticada de COVID-19, debe esperar cinco años para abrir la bóveda. No es cierto”, subraya Cinta Jaime.

“Eso sí, las capacidades estatales se agotaron y muchos han quedado sin otra opción que la tierra, por falta de capacidad en la suya o porque recién abrieron la tumba, y cuestiones sanitarias prohíben abrirla en corto tiempo. Ha tocado expandirnos de manera rápida, para garantizar una justa sepultura”, expone la directiva.

Solución a priori

“No hay fosas comunes en Artemisa. Es cierto que hemos tenido que inhumar en la tierra, a veces incluso en hoyos cavados por los propios sepultureros. Pero cada muerto ocupa un lugar diferente”, enfatiza Joyce Díaz Cecilia, subdirector provincial de Infraestructura e Inversiones del Gobierno Provincial del Poder Popular.

Igual sucede en los nichos. “Aunque la edificación es la misma, cada fallecido tiene su propia cavidad para aguardar los dos años requeridos antes de exhumar los restos.

“La provincia ha facilitado los materiales para edificar 526 formas de enterramiento, entre estas bóvedas múltiples con capacidad de entre uno y cinco sarcófagos y nichos de hasta 16 gavetas cada uno.

“La semana anterior fundieron los dados y zapatas de las bóvedas múltiples, en casi todos los municipios que tendrán este tipo de sepulcro. La mayoría son obras asumidas por Mantenimiento Constructivo, si bien hay cooperativas de construcción en apoyo a esta tarea.

“En la cabecera provincial (de las que mayores capacidades ha abierto), la empresa del cemento Mártires de Artemisa, la UBPC Rigoberto Corcho y Mantenimiento Constructivo preparan 200 nuevas capacidades, distribuidas en bóvedas múltiples a concluir en septiembre”, informa Díaz Cecilia.

Un asunto pendiente

En 2019, quien fuera director de Técnica y Desarrollo del Grupo Empresarial Artemisa, explicó a el artemiseño que el plan de preparación de obra y el proyecto de un crematorio se había hecho ese año. “Está previsto iniciar la primera etapa de construcción y montaje en el segundo semestre de 2020. Quizás en 2022 esté listo completamente”, comentó.

Sin embargo, este cronograma nunca funcionó así: la pandemia ha sido freno seco o imaginado por muchos.

Yaril Mena Brito, quien asume este cargo ahora, señala que “nada se ha adelantado en este asunto, por razones múltiples. Al enterarse donde se construiría el crematorio (a un costado del cementerio de Artemisa), los vecinos se quejaron de posibles afecciones; luego hemos tanteado terrenos, pero no encontramos una microlocalización aún”.

Conclusión: “no está definido el emplazamiento ni se ha avanzado en el proceso desde 2019”. Lamentable. Pudiera ser la última voluntad de muchos, la de familiares que desean dar el último adiós a sus seres queridos y, de paso, una solución al reiterado tema del espacio.

A la muerte nunca se le mira a los ojos con alegría. Aflige una separación que duele como espina en el alma. Por eso el hedor del cementerio espanta por estos días, también la premura de verlo ampliarse.

Irma, la de República, extrema cuidados y ya ni se asoma al portal. Le da miedo, dice. ¿A quién no? Entre el dolor y la muerte se erige un binomio en que no solo el tuyo duele: llegar al camposanto y ver más cruces, multiplica el sentimiento por tantos que no han podido sobrevivir a esta pandemia y, hasta después de fallecer, han pasado trabajo.

Tomado de ElArtemiseño.